Sebastian Irarrazabal - Entrevista

Sebastian Irarrazabal

Parte de la excepcional generación de profesionales que egresó entre 1987 y 1993 de la Universidad Católica, este arquitecto es conocido por su versatilidad, su precoz propuesta, su labor docente y, por sobre todo, por sus obras.
POR SOFIA ALDUNATE, FOTOS CRISTOBAL PALMA Y CARLOS EGUIGUREN, RETRATO PATRICIA STEVENSON.

Este es un hombre de pocas pero certeras palabras; un apasionado de la arquitectura que disfruta estudiarla, enseñarla y ejercerla; un gran profesional que se ha hecho un nombre en este oficio gracias a su particular mirada y su incondicional compromiso con la docencia. Sin pretender quitarle méritos, los genes ligados a los planos y maquetas los llevaba en la sangre –su padre Roberto también es un reconocido arquitecto– pero hay que ser justos y reconocer que los premios y reconocimientos que ha recibido en su carrera son producto de su talento y trabajo.

Sebastián egresó de la Universidad Católica en 1993 junto a una generación que marcó profundamente esta escuela. Desde 1987 hasta ese año, prestigiosos profesionales obtuvieron su título, entre ellos, Smiljan Radic, Cecilia Puga, Mathias Klotz y el propio Irarrázaval. Según él, esto se debió principalmente a que, además de muy buenos profesores, coin-
cidió con un buen momento económico, de crecimiento y apertura en nuestro país.

Casado con la también arquitecto Ximena García Huidobro y padre de cinco niños, en cuanto egresó postuló a una beca de cooperación del gobierno británico para hacer un post grado en el Architectural Association de Londres. Ahí estuvo un año y de vuelta en Chile fue premiado por la Asociación de Oficinas de Arquitectos como el más destacado entre los profesionales de su generación. En aquella época formó su propia oficina junto a Guillermo Acuña, con quien estuvo asociado hasta el 2000, año en que se independizó.

Además de importantes proyectos, como el recién estrenado Hotel Indigo Patagonia, Ochoalcubo, una serie de casas y el showroom de Moro, Sebastián tiene un asombroso currículum. Por sólo nombrar algunos: fue el encargado de montar la XII Bienal de Arquitectura el 2000; el 2002 representó a nuestro país en la Bienal de Venecia; fue asesor del proyecto Plan Valparaíso; ha sido profesor invitado en la Universidad de Caracas, en Arizona y el MIT; ha participado en importantes concursos internacionales y su trabajo ha sido reconocido en publicaciones como A+U, Architectural Review y Wall Paper, entre otras. Pero lo que ha sido una constante a lo largo de su carrera es su labor docente, la que no ha abandonado jamás y la que considera un requisito básico para poder desarrollarse integralmente, de hecho, intenta que su trabajo en la oficina y la escuela sea un continuo. Hoy es profesor de Taller de segundo año y del Magíster, ambos en la Católica.

¿Por qué consideras tan importante la labor docente?
Porque me permite estar en un medio donde hay una permanente preocupación intelectual por la arquitectura. Además, puedes explorar con mayor libertad que en la oficina, por lo que trato de que no haya una división entre mi trabajo y la escuela.

¿Cómo lo logras?
Ocupando la universidad como un lugar donde, además de transmitir conocimiento, uno pueda adquirirlos a través de la exploración y realización de ejercicios de taller basados en intereses profesionales y arquitectónicos. Por ejemplo, trabajo mucho en base a matrices geométricas y en el taller estamos ocupados en ellas. Hago las cosas que me apasionan y no las que me imponen.

¿Y qué te apasiona?
Pasa por momentos. Actualmente, estoy abocado al tema de las matrices, la construcción, la materialidad y además temas vinculados a las estructuras, lo que también aparece en el taller.

¿Cómo calificarías tu arquitectura?
Trato de conectar la teoría con la práctica para lograr un discurso coherente que luego se plasme en una forma específica. En ese discurso hay ciertas preocupaciones básicas, como que el recorrido interior sea estructurante y organizador, que todo obedezca a determinadas matrices, la buena selección de los materiales y la construcción.

¿Consideras que tu obra tiene un sello que la distingue?
Lógicamente hay ciertas cosas que se van repitiendo, los recorridos, las relaciones con el exterior. Tengo algunas cosas claras que trato de mantener y no dispersarme, porque uno va perfeccionándose en la medida que va repitiendo el ejercicio.

¿Cuándo consideras que un proyecto está bien logrado?
Cuando uno ve que hay ciertas leyes que lo gobiernan y esas leyes son explícitas y claras. Por ejemplo, en la casa de Ochoalcubo, todo se habita sobre un gran techo perforado que produce ciertas cualidades de luz y sombra y que se repite en los dormitorios, en los baños, en la cocina, etc. La idea es que se entienda que cada sector en particular pertenece a un orden mayor. Para mí, ese es un proyecto perfecto.

¿Hay algún tipo de arquitectura que rechaces?
Sí, la de estilo. Si alguien me pide una casa tipo alemana, francesa o inglesa no la hago.

¿Por qué?
Uno, porque no sabría hacerlo bien; dos, porque me aburre y tres, porque no lo considero apropiado, no creo que sea lo que hay que hacer. Para mí un proyecto tiene que permitirme explorar y no estar marcado por ciertos parámetros.

¿De los distintos proyectos que has realizado hay alguno que te entusiasma más que otro?
Cada vez me gusta más participar en proyectos grandes y donde las decisiones puedan ser de carácter más objetivo y no tanto de capricho de los dueños.

Obras:
Hotel Indigo Patagonia; Casa Pedro Lira; Showroom Moro; Ochoalcubo; Casa La Reserva; Auditorio Universidad Mayor; Casa Caballero; Casa Melocotón; Casa en Las Palmas.

Exposiciones:
XV Bienal de Arquitectura Chilena; GSD Universidad de Harvard; Bienal de Venecia.

Contacto: www.sebastianirarrazaval.com

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